Se acaba de producir la manifestación de la Diada, que según los informativos ha sido la mayor manifestación separatista de Cataluña, aunque otros lo hayan visto como una reivindicación económica. En concreto, mejorar la situación fiscal mediante un pacto que les dé a los catalanes una financiación similar a la de los vascos.
Pero si los vascos ya tienen esa financiación preferente, no parece que sea suficiente para calmar las ansias separatistas de batasunos y peneuvistas que proclaman de forma diferente su deseo de soberanía.
Así que la situación debe ser enfocada por el Gobierno de la Nación con toda la gravedad que el caso requiere. La contestación de “no estamos para algarabías” y “lo que importa es la unidad de mercado” solo muestra que los actuales gobernantes no se dan cuenta de la magnitud del reto al que se ve sometida nuestra Nación y la democracia que sirva de modelo de convivencia.
Hay que dar esperanzas a los españoles callados, que sienten como se da prioridad a quienes crean los problemas en vez de a quienes contribuyen a resolverlos y hay que dar solución a los problemas con un programa claro, explicado y concreto, que sirva para dar confianza a todos los españoles.
Por eso a la hora de las próximas votaciones en las Comunidades autónomas de Euskadi y Galicia, donde existen unos partidos separatistas muy importantes, la cuestión del voto es trascendental. Para un español constitucionalista lo lógico será votar a los partidos que se identifiquen con el proyecto de inclusión de estas regiones en el conjunto de España. Pero si no encuentran un partido que por cualquier razón no les satisfaga, deben votar en blanco.
Haciéndolo así se cuenta un voto válido. De no hacerlo así, siendo inválido o absteniéndose, la proporción del voto nacionalista sube sobre el total emitido, contribuyendo a difundir la imagen de una mayor cantidad de voto separatista que el existente en la realidad.



